REDONDO VEGA, SANTIAGO
La acería del tiempo nos habla de esa colada incandescente y lírica fundida en el íntimo crisol de realidades y sueños en que consiste la vida. Fuego, acero y tiempo que conforman el itinerario vital que recorremos a diario, sea o no voluntad nuestra, y que nos marca, nos mediatiza y nos hace evolucionar. Ese es el único patrimonio real del ser humano y, por ende, del poeta.
En sus cinco apartados transita a hombros de la intrusa fragilidad de lo bello, la transgresión de lo cotidiano, la confabulación de las palabras, la abrasión callada de los días, hasta, por fin, la conciencia definitiva y exigua de uno mismo.
No nos sobran poetas ni poemas, se equivoca el que así lo piense. Lo admitió sin tapujos el mejicano Cieri Estrada cuando ya nos advirtió de que la poesía no tiene tiempo, el que la lee la rescata, la hace presente y luego la regresa a su eternidad. Regresar a esa eternidad nos hace libres, y libre es aquel que se permite, como Santiago Redondo Vega, reflexionar sobre su propio papel ante el espejo de los demás, que se toma su debido tiempo para hacerlo en un sublime intento de madurez perso